Los viajes de Kamekichi, Alberto y Toyama


Entrevista a Zuleiki Toyama por Miharu M. Miyasaka


Zuleiki Toyama vive en Japón desde el año 2019, gracias a un intercambio cultural para descendientes de okinawenses, a través del cual tiene un contrato de trabajo y estudio. El viaje ha sido un gran reto para ella y sus hermanos Alberto y Kiozy, «imagínese -me explica Zuleiki con esa espontaneidad con la que siempre anima la conversación- venir de un país como el nuestro a uno de primer mundo con tanto desarrollo tecnológico, fue una locura cuántas cosas graciosas nos pasaron, tenemos muchísimas anécdotas», entre las más divertidas están las de la barrera de un idioma que para ella resulta «súper difícil». Pero también hay mucha alegría por tener la oportunidad de visitar la tierra natal de su abuelo, y hacer el viaje de regreso que él hiciera años antes «a su hermosa Okinawa».

«En la bahía cerca de donde vivimos en la ciudad de itoman. una imagen de un festival que se realiza todos los años»

«En la bahía cerca de donde vivimos en la ciudad de itoman. una imagen de un festival que se realiza todos los años»

Sus historias revelan las dificultades para adaptarse a un lugar nuevo, a un país del que muchos nikkeis conocen poco en materia de costumbres y, sobre todo, de idioma; pero lo que más me llamó la atención de los hermanos Toyama fue su manera de sobrellevar el reto con mucho humor. Reírse, incluso burlarse de los desafíos es algo que a los cubanos nos parece representativo de nuestra idiosincrasia, y los Toyama no son la excepción. «Yo soy una persona un poco despistada y a menudo mis hermanos gozan con mis cosas. Un día fui al mercado y como no sabía decir fideos le pregunto a mi hermano y él me dice: “fideru, se dice fideru”. Allá fui a decírselo a la dependienta, como podrá imaginarse la señora no entendía, y cuando volteo mi hermano estaba colorado de la risa, como decimos nosotros los cubanos: me cogió de tonta, él lo había inventado».

Me advierte que tienen infinidad de anécdotas por el estilo. Como cuando un día al hacer un pedido de comida pensaban que la dependienta les preguntaba si iban a pagar con tarjeta, a lo que una y otra vez repitieron que sí, hasta que se dieron cuenta que solo les preguntaba cuánto de kétchup querían para llevar. «Esto me pasó a mí -me confiesa Zuleiki entre divertida y apenada-, fui a pagar en el bus y eché una moneda de 500 yenes, el viaje costaba 250, pensé que el chófer o la máquina de la alcancía daban el cambio. El chófer tuvo que parar el trayecto para pedir el vuelto a una señora y así devolverme el cambio. ¿Se imagina la pena que pasé? Mi hermano Kiozy iba sentado atrás y me decía: “¿y ahora qué hiciste Zuleiky? ¡Acabaste!”»


 
Kamekichi Toyama mirando su retrato de joven. «Llegó a tener el cargo de capitán en el ejército»

Kamekichi Toyama mirando su retrato de joven. «Llegó a tener el cargo de capitán en el ejército»

 

Pensando en estas anécdotas, trato de imaginarme cómo fue el choque cultural y la barrera del idioma para los japoneses que, como Kamekichi Toyama, el abuelo de Zuleiki, emigraron a Cuba en la primera mitad del siglo XX. En una entrevista con el sansei cubano Alfredo Mori, este me contó que su abuelo japonés terminó llamándose Domingo porque tuvo que escoger un nombre hispano al llegar a Cuba, y los días de la semana eran parte del poco español que sabía. Recuerdo que en el documental El muro -del cineasta cubano Santiago Álvarez, sobre la inmigración japonesa en República Dominicana- uno de los nikkeis entrevistados decía que una de las mayores sorpresas que recibieron los japoneses en ese país fue la comida; como desconocían el plátano, la yuca, o el aguacate, llegaron a comer la yuca con cáscara, o a cocinar el aguacate. En su libro La saga japonesa en el occidente cubano, el historiador cubano Rolando Álvarez Gonzáles narra la anécdota de un japonés llamado Ueno, quien en una ocasión tratara infructuosamente de hacerse entender por un dependiente. Ante la persistente falta de comunicación, «salió al patio y regresó con un fino espantillo [espartillo] de hierba, se rozó los dientes en presencia del empleado y continuó diciendo: -Esto ser paríos... Una sonrisa de satisfacción llegó a ambos», y Ueno pudo finalmente comprar los deseados palillos de dientes.

Es indudable que todos estos inmigrantes enfrentaron un recorrido repleto de desafíos culturales e idiomáticos, ojalá se puedan recuperar más anécdotas que ayuden a imaginarlo de una manera más completa. También es cierto que, a juzgar por la manera en que muchos rehicieron sus vidas, fue un viaje que enfrentaron con admirable determinación.

 
Toyama y su nieta, Zuleiki, en su hortaliza en Bayamo.

Toyama y su nieta, Zuleiki, en su hortaliza en Bayamo.

 

Kamekichi Toyama fue uno de ellos. Según su nieta, pasó muchas dificultades, o «como decimos los cubanos las verdes y las maduras», al emigrar a Cuba. «Mi madre dice que trabajó vendiendo helados en Cienfuegos, la ciudad donde conoció a mi abuela paterna, luego se trasladó a Palma Soriano, en Santiago de Cuba, pero no sé qué hizo allí. Después trabajó como jardinero en un casino privado que se encontraba en las afueras de Bayamo, ciudad en la que vivió el resto de su vida. Más tarde se dedicó a vender parte de lo que sembraba en una hortaliza que tenía en el fondo de su casa». El viaje de Zuleiki a la Okinawa natal de su abuelo evoca los que hacía en su infancia para visitarlo, de una punta a otra de Cuba, de La Habana, donde ella creció, a Bayamo, la tierra adoptiva de Toyama. Ella me habla de esa «linda niñez» con nostalgia y anécdotas divertidas. «Mi abuelo era un hombre muy reservado y hablaba poco, pero sí recuerdo muy bien que cuando nos veía llegar se le iluminaba el rostro y nos llamaba sus nietos de oro. Todos los días, mientras duraban las vacaciones, no dejaba de llamarnos temprano en la mañana para saludarnos y llevar algo para el desayuno nuestro. Él era genial».

 
Toyama con sus hijas Isabel y Carmen

Toyama con sus hijas Isabel y Carmen

 

«En las noches le gustaba mucho tomarse una bebida, mi familia le decía chiringuito, y después tocaba su shamisen. ¡Trabajaba mucho, eso sí! Se levantaba muy temprano, y creo que ya a las 6:00 de la mañana estaba agachado en su hortaliza hasta casi el mediodía, sembraba lechuga, habichuelas, algo de berro, también tenía guayabas y plátanos. Después de su almuerzo tomaba un descanso, y sobre las 5:00 de la tarde volvía a su trabajo hasta el anochecer».

 
Toyama con su hijo Alberto, sus nietos, Kiozy y Zuleiki, y la mamá de estos, Margen González

Toyama con su hijo Alberto, sus nietos, Kiozy y Zuleiki, y la mamá de estos, Margen González

 
 
Toyama con su nieto Alberto

Toyama con su nieto Alberto

 

«Cuando vino para Cuba era casado, dejó esposa y dos hijos. Creo que emigró por la guerra. No pudo regresar a su tierra y volvió a hacer una familia con mi abuela, Aurelia Beain López, quien era descendiente de españoles de Islas Canarias. Abuelo nació en Okinawa en 1899, y murió en Bayamo a los 90 años, el 6 de febrero de 1989».

 
(Der.) Toyama toca el shamisen durante su visita a Okinawa

(Der.) Toyama toca el shamisen durante su visita a Okinawa

 

«Abuelo vuelve a visitar su amada Okinawa en el año 1980 o 1981, por medio de la Embajada de Japón, que le dio esa oportunidad a muchos que como él nunca pudieron regresar. Acá se reunió con familiares y amigos. A partir de esa visita volvieron a reanudarse los lazos familiares, y él mantuvo el contacto con ellos hasta su muerte, pero después ya no hubo más comunicación. Hasta ahora que conocimos al primo de mi papá, hijo del hermano de abuelo».

 

 
Zuleiki, Alberto y Kiozy con Mitsuru Inoue, hijo del hermano de su abuelo en Japón

Zuleiki, Alberto y Kiozy con Mitsuru Inoue, hijo del hermano de su abuelo en Japón

 

El nombre del abuelo de Zuleiki tiene una historia curiosa. Ella me cuenta que él se llamaba Kamekichi Toyama al partir de Japón, al llegar a Cuba tuvo que escoger un nombre hispano y pasó a llamarse Alberto Toyama; pero cuando regresa de visita a Okinawa a principios de los 80, encuentra que su familia había cambiado de apellido desde 1947, ahora era Inoue, y él cambia Toyama por Inoue. Su último viaje, de regreso de Japón a Cuba, lo hace como Kamekichi Inoue, y muere con ese nombre, aunque su familia cubana decidió mantener el apellido Toyama. Los recorridos de su nombre evocan todos los recorridos (físicos, culturales, idiomáticos, personales) que marcaron su vida de inmigrante: de Japón a Cuba en busca de mejora económica o por la guerra, de Kamekichi a Alberto, de Toyama a Inoue, de un mundo japonés a uno hispano, de un trabajo a otro por varias provincias de la isla, de una familia a otra nueva; de Bayamo a La Habana -su nieta recuerda que en algunas ocasiones vino a las peregrinaciones al Panteón de la Colonia Japonesa, y a los encuentros de los japoneses y sus descendientes en la residencia del Embajador de Japón. El recorrido que hizo en los 80, entre su tierra adoptiva y su Okinawa natal, pareciera haber sido el último. Sin embargo, Toyama (Inoue) parece haberse embarcado en un nuevo viaje a través de sus tres nietos en Japón, quienes, usando las palabras de Zuleiki para describir la experiencia de inmigrante de su abuelo: están alejados de su tierra, sus amigos y seres queridos, para abrirse paso en una nueva vida.  

Fotos cortesía de Zuleiki Toyama.

El Muro (Santiago Álvarez, 1996)

«De lunes a Domingo Mori». Entrevista a Alfredo Mori por Miharu M. Miyasaka (cubanonikkei.com)

Rolando González Cabrera. La saga japonesa en el occidente cubano (Pinar del Río: Ediciones Loynaz, 2009, pp. 61-62). 

 

 

© 2020 Miharu M. Miyasaka